Preludios a las descripciones densas, preparaciones para las narraciones densas. Ensayo del cumplimiento del deber y la vuelta en U hacia el camino de la creación autónoma y sostenible.
"[...] sentí una gran liberación el día que decidí que el concepto de
acto desacertado era algo obsoleto, que no hay actos más o menos
acertados que otros, sino diferentes iniciativas que generan diferentes
líneas de universo."
Algo parecido podría decirse respecto al disgusto que en ocasiones provoca la evocación del pasado. El rechazo de la nostalgia, como forma extrema de ese movimiento, acaso sólo informe de nuestra incapacidad para enfrentarnos con la memoria de lo ocurrido. Cierto que la nostalgia tiene mala fama, en gran parte justificada. Por ejemplo, en la medida que supone la glorificación de un momento imaginario, alejado en el tiempo.
Equivale a aceptar que lo más importante, lo más significativo de la propia existencia, ya ha sucedido. Es frecuente situar ese (o esos) momento (s) en la adolescencia o la primera juventud, con lo cual la operación adquiere un signo extrañamente fatalista. Porque esos acontecimientos que ahora vuelven en forma de recuerdo no eran, en lo fundamental, actos libres, sino experiencias nuevas que nos excedían en su intensidad. Eso es entonces lo que parece evocarse (¿por desearse?): un tiempo en el que el mundo venía repleto de nuevos significados. Poco importa que las cosas realmente no ocurrieran tal como se las añora. La memoria es un poder activo y la nostalgia una agitación de la hora presente. Las cosas en su momento fueron imperfectas, agridulces, cuando no desagradables. Evocación es el acto por el que decidimos ser proyecto o mero epígono de aquella ya lejana experiencia originaria.
Por eso no todo es malo en la nostalgia. Por de pronto, la nostalgia es una forma, acaso atravesada de tristeza ("el fondo metafísico de la nostalgia es comparable al eco interior de la caída, de la pérdida del paraíso", Cioran), de poner a trabajar el pasado, de movilizarlo, de insuflarle nueva vida. Actividad que fácilmente nos devuelve imágenes inquietantes de nosotros mismos, vía de acceso al conocimiento de la propia identidad, la nostalgia constituye un eficaz antídoto contra el peligro alternativo a la glorificación del pasado, la glorificación del presente. La presunta dignidad ontológica del presente, que sólo podría venirle dada por el hecho de ser lo único realmente existente, resulta insostenible por lo que ya se comentó. De muchos presentes habría que decir que más valdría que nunca hubieran existido, del mismo modo que la gran ventaja del pasado es estar definitivamente a cubierto de los males del presente. El planteamiento de la cuestión no puede hacerse en términos de decidir a qué momento le corresponde el primado --si al pasado, al presente o al futuro--. Eso significaría, además, recaer en la tópica figura lineal del tiempo. La virtud de la nostalgia, en tanto específica afección de la memoria, consiste en ponernos ante la evidencia de nuestra condición temporal. En este sentido, la nostalgia tiene algo de anticipo de la radical extrañeza que provoca la desaparición de los seres del mundo. La nostalgia es un pesar con el ser aún presente. Nuestra dificultad para entender el cambio, el movimiento --horizonte de la filosofía griega toda-- anuncia el estupor irremediable ante la muerte.
*No se pierda del próximo atentado contra el olvido, pendiente del tema del tedio que de alguna manera denuncia la inacción humana.
Villanerías de Hoy y Siempre presentó.