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| Esqueleto de autonomía. |
Te voy a contar un cuento.Comenzó uno de estos días en los que las crisis nos tocaron a la puerta, un día de todos los que podemos contar cuentos.
Sucede que era un Hanzel y una Gretel, con sus respectivos abandonos, ya sabes, de esos abandonos de una panza vacía, de un brazo roto, de una pierna chueca, de zapatos ortopédicos, de ir siguiendo las migajas por el hambre del pan. Y bueno, esto que te cuento, te lo cuento en soledad, leyendo migajas de vidas, y como se que lo leerás tengo cuidado con lo que pudieras interpretar, y como otra advertencia para los lectores digo que soy de las que suele aderezar, y aderezar, y aderezar las cosas hasta que a veces deja de verse lo que se veía en el plato, sucede, y es lo que ocurre cuando a través de una cosa explicas otra, cuando a través de una comida de lo último de la luz del día, viene la tarde y se queda con platicas profundas en la mesa para servir la noche con el postre.
Sucede, decía, que cuando estos dos, el Hanzel y la Gretel, caminaban siguiendo las migajas, de pronto ya no quisieron compartir las noches ni las migajas, ni nada que les exaltara las hambres; sus demonios y sus más profundas personalidades les brincaron y se sumaron al cuento que hoy cuento, les cayeron encima con la noche de sus más hambrientos temores, y así ellos dos en medio de la noche, y en medio del bosque, lograron hacer algo que pudiera ser contado y es lo que hoy yo cuento.
Ya caminando, ya hambrientos, ya con temores, y ya en la realidad de la noche, sus noches se encendieron para depositarse en el cuento más cruento.
Para no hacerla más cansada, y repito que no es mi intención si no las circunstancias necesarias para mi redacción, para no hacerla más cansada, el Hanzel y la Gretel comenzaron a pelear, y comenzaron con cuidado de no lastimarse los propios dolores cuando se golpeaban mutuamente, aunque de pronto se detenían recordando que eran hermanos del mismo dolor, de la misma causa del hambre del bosque en el que se encontraban pasando el hambre, el dolor, los golpes, y la pena.
Ese era ya un bosque del hambre, del dolor y de la pena que los había llevado hasta ahí con mis letras, pudiera ser un bosque o un desierto, o una casa, o una ciudad, o una parte de la ciudad, un supermercado tal vez, o para hacerle honor al pasado en un Mi mercado, pudiera ser que el paisaje de ambos fuera de día y de noche transformado, transfobomidia, transfobomidia, transfobomidia, como el cambio que pide cualquier niño que se piensa que en Marte esta su familia.
Caminaban y se encontraban queriendo arrebatarse la comida, porque a pesar de ser migas eran familia y eso era también comida.
En este cuento, te antecedo, no hay un leñador de buen corazón, que los salve al final del camino, ni hay cabaña, ni comida caliente, ni discusiones cómodas que se pasen, en un trago o bocado, con olor a vainilla, aquí nuestros amiguitos se las avientan como cualquiera que dice: Yo soy guerrero, ó yo aguanto, arre que para eso estamos, aquí seguimos, y aquí andamos.
Se jalaban de los pelos, se enterraban las uñas, se decían groserías...
Deberá ser revisado y con continuación.
Villanerías de Hoy y Siempre presentó.
In memoriam.
